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Red Dress
Al llegar al restaurante le pregunté al maitre si había una mujer esperando en la barra. Antes de tuviera tiempo si quiera para abrir la boca, la ví. Ligeramente apoyada en uno de los altísimos taburetes, flirteaba descaradamente con el camarero, moviendo su espesa melena de un lado a otro, con ese gesto tan femenino que muchas veces me saca de quicio.

Hacia tiempo que no la veía tan guapa. No sé si era el efecto del larguísimo vestido rojo, o que antes de salir había estado tonteando con una botella de vino, intentando calmar la sed y un poco los nervios.

Me acerqué a ella con paso firme. Empecé a escuchar sus risas provocativas y a percibir su característico perfume, ese que lleva usando más de 10 años. Una repentina presión en los pantalones me indicó que me estaba excitando. Mierda! Yo que pretendía ser frio, distante y calculador.

Entonces me vió. Su expresión cambió radicalmente. Dejó de lado el flirteo seductor para adoptar la pose de gran estrella de la pantalla, de diva inalcanzable. En un arranque interpretativo, cogió su copa y se la lanzó al camarero. "Cómo me voy a acostar contigo! A caso no sabes quien soy!", exclamó, mirando de forma despreciable al atónito empleado.

Entre aires de indignación y mucha teatralidad, se acercó hasta mi, me miró directamente a los ojos y con un tono pausado pero autoritario me dijo: "Solamente aceptaré participar en tu película si salgo desnuda en más de tres escenas. Han pasado los años pero sigo teniendo el mejor cuerpo de todo Hollywood!!".